“Concentre sus energías, sus pensamientos y su capital. El hombre sabio pone todos sus huevos en una cesta y vigila la cesta.” Andrew Carnegie (1835-1919).

Primero, una cosa es ahorrar y otra invertir. Cuando ahorras estás juntando un dinero que te proteja de posibles eventualidades, el “colchón” (que dependiendo de las necesidades será de un mínimo de tres meses de gastos hasta 2 años), y para que pueda cumplir esa función de protección tendrá que estar siempre disponible.

Puede estar colocado en un producto financiero, tipo cuenta remunerada o depósito a plazo fijo con una mínima penalización si se saca en cualquier momento. Una vez las necesidades de ahorro a corto plazo están cubiertas, se pueden plantear estrategias de inversión. Lo contrario es empezar la casa por el tejado.

Segundo, antes de invertir tienes que tener unos objetivos, pueden ser dar la vuelta al mundo dentro de tres años, como cambiar de coche en dos, como tener previsto el gasto de la universidad de tus hijos en cinco.

Asunto aparte es ahorrar para la jubilación, cuestión con una dinámica propia cuyo término temporal cambia mucho de la juventud a cuando ya se está próximo a la misma, y en el que no entraremos en este post.

Ningún asesor, por bueno que sea, te podrá aconsejar con eficacia si no sabes para qué estás invirtiendo. La finalidad determinará dos extremos importantes: la duración de la inversión y cuándo va a ser necesario que tenga liquidez (que esté disponible). A un plazo mayor se puede invertir en productos diferentes, dejando tiempo suficiente para conseguir ganancias, o corregir si en algún momento se incurre en pérdidas.

Y, hablando de pérdidas, hay dos clases de seguridad en las inversiones:

Seguridad jurídica: que el producto financiero se contrate con Instituciones Financieras registradas en Banco de España y Comisión Nacional del Mercado de Valores, que estén debidamente controladas y supervisadas, nada de “chiringuitos financieros”.

Seguridad del capital. Cuando se pone dinero en algo diferente a una cuenta corriente o un plazo fijo, hay que tener muy claro que el capital invertido puede sufrir oscilaciones, tanto positivas si gana, como negativas si resta, e incluso perderse en su totalidad, dependiendo del riesgo asumido. Si un tipo determinado de inversión tuvo un buen comportamiento en el pasado, no tiene porqué repetirlo en el futuro. Te pueden aconsejar, pero la decisión final es tuya. Las bolas de cristal no existen, si no todos los profesionales que se dedican a las inversiones serían ricos y no trabajarían para nadie.

Y, tercero, siempre, como contrapeso al riesgo se insiste en la diversificación de las inversiones. Warren Buffet decía al hablar de ella que “Sólo se necesita una amplia diversificación cuando no se sabe lo que se está haciendo”, en el sentido de una protección contra la ignorancia.

Esto es perfectamente razonable, si no fuera porque un exceso de diversificación anula el beneficio. ¿Cómo es posible? Si ponemos un poco en Bolsa Europea, otro poco en Bolsa Americana, otro en Países Emergentes, algo en Fondos de Materias Primas, otro pico en Deuda a Largo Plazo (así hasta llegar a diez o doce inversiones distintas en algunos casos “huyendo del riesgo”) como cada una de ellas se comporta de una manera ligeramente diferente, unas subirán, otras bajarán, otras estarán más o menos estables, pero totalizando el resultado la ganancia puede ser equivalente a ganar lo mismo que en un plazo fijo, pero eso sí, moviendo un montón de papeles.

Otro factor a tener en cuenta de los “muchos pocos”, es la forma de invertirlos. La compra directa de acciones, al margen de su precio en Bolsa, tiene unos costes de transacción (compra y venta) y comisiones que le quitan toda la rentabilidad que se pueda haber obtenido si el volumen es pequeño, ya que hay unos mínimos establecidos. Además tienen también comisión de mantenimiento de la cartera en el Banco donde estén depositadas.

En cuanto a los fondos de inversión, que permiten diversificar con volúmenes pequeños y menos gastos, hay que estar especialmente atento a las comisiones de mantenimiento y gestión, informadas en el folleto del producto, que se descuentan directamente. Por ejemplo, tenemos un fondo de renta fija que ha producido un 1% y tiene una comisión de gestión del 1,2%, no sólo no ganamos, sino que estamos perdiendo, no porque la inversión “no dé nada, aunque sea poco”, sino porque se la comen los gastos.

Para un inversor novato, distribuir en tres partes su inversión ya es más que suficiente. Es de aplicación esa máxima que dice “quien mucho abarca, poco aprieta”. Una puede colocarla en renta fija, otra en renta variable conservadora y la última en renta variable más agresiva. Le resultará más fácil y más barato a través de fondos de inversión mientras no maneje grandes volúmenes. Al principio se equivocará, sin duda, pero aprendiendo sobre aquello en lo que invierte irá corrigiendo sus errores. Cuando gane, tendrá un ingreso acorde con el riesgo que ha tomado.

En resumen, las grandes fortunas han sido realizadas por personas que desarrollaron una inversión que conocían perfectamente bien. Si eres un buen empresario seguramente tu empresa sea el sitio donde más rentabilidad le saques a tu dinero. Si no lo eres, seguro que dentro de tu actividad económica o profesional conoces de cerca algún sector y sabes lo que de verdad “se cuece” en él. A esto es a lo que se refieren los Sres. Carnegie y Buffet, cuando hablan de “vigilar la cesta” y de invertir “sólo en aquello que puedas entender”, lo contrario, invertir sin intención y sin información, es correr a toda velocidad para no llegar a ningún sitio.

¿Y tú, qué opinas sobre este tema?